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CORREA: “En lo personal, de todo corazón, les digo: A mí no me interesa el poder. Estaré donde mi Patria me necesite. Yo no es que voy a MANIPULAR a mis conciudadanos para poder candidatizarme, ¿verdad?...”
“…entonces, compañeros: yo puedo irme mañana a mi casa con la satisfacción del deber cumplido porque este fue el mandato que Uds. nos dieron en las urnas. Yo estaré donde Uds. quieran que esté…"
“… Yo le pido a Alianza País hacer unas… las primarias. Y ojalá venga alguien más capaz que yo y pueda seguir, pueda seguir con el trabajo, compañeros… No. Debe haber mucha gente, mucho más capaz que yo… créame que no buscamos nada para nosotros..."
Todo lo que sucede en La Comarca tiene una explicación mágica, regida por dogmas que no permiten rescoldos a dudas posibles. La sabiduría es patrimonio exclusivo de hechiceros, casi siempre ancianos barbudos, ataviados de folclóricos uniformes de druida. El más longevo de ellos, Saurón de Mayarí, conocido por su capa verde oliva, vivía en una Isla remota rodeado de un legendario misticismo.
Se sabía que, con oro puro de Siberia, había forjado una serie de anillos, de entre los cuales destacaba uno en particular, que concedía extraordinarios superpoderes a su portador. El resto de los anillos, inferiores en jerarquía nigromante, otorgaban poderes más reducidos en cantidad y calidad. La mayoría, aunque lustrosos, no alcanzaban siquiera categoría de “anillo de poder”, mereciendo, a duras penas, el sustantivo de “sortija de autoridad”.
Los portadores de estas sortijas, representantes de una fauna variopinta, no alcanzaban grado de hechicero. Se trataba de aprendices, meritorios, becarios de brujo, aojadores, cartomantes de feria, que sin anillo apenas alcanzaban a lector gay de horóscopos en programa matinal de TV.
Los portadores más aduladores, en agradecimiento por sus sortijas, demostraban su veneración por el hechicero, imitando sus costumbres y manías. Era imprescindible vestir atuendos de adivino, ofrecer extrañas e insoportables peroratas semanales, usar lenguas ancestrales, ejecutar performances periódicas de hipnotismo y prestidigitación ante audiencias de público agradecido y atacar sin descanso a todos los que osaran cuestionar la magia como motor creador de la historia.
Cada portador, sin excepción, requería de un libro de sortilegios, hechizos, encantamientos, maleficios, trucos y chamanismos. Una vez logrado, los inagotables encantamientos del libro servían por igual para conceder deseos de lámpara aladinesca, como para descargar, con inusitada crueldad, males de ojo contra rivales y opositores. El libro potenciaba, aunque no mucho, el limitado poder de las sortijas, de tal forma que el portador pasaba a tener la capacidad de crear, aplicando concienzudamente los conjuros y pócimas descritas en el texto, “baratijas de mando” (bisutería de escasísima calidad y peor gusto), que trasladaba a súbditos cantonales con esmerada capacidad para la adulación.
Sméagol había sido un Hobbit ejemplar: amistoso, trabajador, afable y amiguero. Poseía esa adorable ingenuidad de los Hobbits que les permite contemplar la vida con el simplismo infantil de un niño.
Se había convencido que la magia le tenía reservado un destino glorioso, y había dedicado su vida por completo a convertirse en acreedor a recibir, más temprano que tarde, una de las sortijas de autoridad que el hechicero mayor, Saurón de Mayarí, había reservado para la Comarca.
Sméagol veneraba la magia y, siendo aún asesor de brujo, recibió, con emoción, de Chavdalf “El Rojo”, también conocido como Chavdalf “El Gordo”, -un encantador de serpientes, aborigen de la Tierra Llana, (un vergel cuya belleza natural sólo era comparable a la legendaria hermosura de sus hembras) que había ganado su ascenso a druida por sus muchos y generosos aportes a la causa de la magia-; la invitación a ingresar a la Cepalina Facultad Stiglitz-Chomsky, competencia criolla de la prestigiosa Hogwarts del mundo sajón.
En sus visitas a la Tierra Llana, Sméagol completó su formación en artes tan dispares como la cábala, numerología, lectura de posos cafeteros, quiromancia y otras dotes adivinatorias. Especial destreza adquirió en el noble arte de la aruspicina, pericia para la cual demostró un talento natural, sobre todo cuando leía el futuro en las entrañas de adversarios políticos.
Sméagol se graduó Taumaturgo cum laude, siendo abanderado de su promoción. Junto al diploma, su tesoro más codiciado: la Sortija de Autoridad forjada a mano por el propio Saurón.
Pronto pudo comprobar la eficacia de los poderes de la Sortija, que aprovechó para apropiarse, con admirable facilidad, del control CASI total de La Comarca. En tiempo record, obtuvo también, el ansiado Libro de Sortilegios que le permitiría extender el poder de la sortija de autoridad. Sméagol se sentía invencible.
El libro de Sortilegios exigía, una vez obtenido, una prueba de lealtad a la Magia. Una demostración inobjetable de carácter y devoción por la hechicería. Un sacrificio por la causa: Sméagol debía ceder la sortija a un nuevo portador que reforzara el innato poder de la misma y la convirtiera, definitivamente, en Anillo de Poder. Sólo había un problema: la fuerza intoxicante de la sortija se había apoderado de Sméagol y sus efectos comenzaban a ser notorios a simple vista. Empezó a desconfiar de todos sus allegados, en cuyas miradas, adivinaba el brillo codicioso de la ambición. Encontraba enemigos en cada esquina y vivía obsesionado por el sacrificio. Sméagol se había convertido en Gollum, una criatura enfermiza y desagradable que no estaba dispuesta a dejar marchar su preciado tesoro.
Su mente cavilaba urdiendo escenarios que le permitieran encontrar una solución al dilema. Gollum debía seguir siendo el portador de la sortija a como diera lugar, pero no podía aparecer como un capricho o una obsesión. Necesitaba presentar un escenario en que fueran otros los que no le permitieran hacer el sacrificio.
MANIPULARÍA el pensamiento y las voluntades de los habitantes de La Comarca para que fueran ellos los que le exigieran seguir portando la Sortija. De esta manera él, aparecería como el mago desprendido y benefactor que altruísticamente renunciaba a sus propias ambiciones aceptando inmolarse por la causa de la magia en respuesta a las peticiones de los súbditos de la Comarca. Ese era el guión más aceptable para Gollum, pero no el único. Su mente delirante sólo admitiría un escenario diferente a ese: arrebatar o heredar el Anillo de Poder del propio Saurón…
